Vida y obra

Como lo escribe Hans Urs von Balthasar, "Adrienne von Speyr, nacida protestante (1902), estuvo buscando la verdadera Iglesia hasta el año 1940. En esos difíciles años de búsqueda anteriores a 1940, debió cambiar muchas veces de escuela, una vez su idioma (su lengua materna, el francés, por el alemán), y una enfermedad seria imposibilitó por muchos años que terminara sus estudios secundarios. Haciendo frente a la oposición de su familia y ganándose ella misma el dinero para el estudio, comenzó y terminó la carrera de medicina, contrajo matrimonio por primera vez durante sus últimos años de estudio y luego de la muerte de su esposo, que era profesor de historia en la Universidad de Basilea, contrajo un segundo matrimonio con un alumno de su primer marido, que luego también fue profesor en la misma Universidad.

Desde su más tierna infancia tuvo experiencias extraordinarias, que suelen llamarse 'místicas'. Cuando tenía seis años, el día de Navidad, encontró en la nieve a un hombre ligeramente cojo, del que 'resplandecía una gran pobreza'; él la invitó a que lo acompañase y más tarde, en sus numerosas visiones, reconoció que era san Ignacio de Loyola. A los 15 años tuvo una visión de la Madre de Dios, de la que conservó una herida permanente en su corazón, que le despertó el sentimiento de tener que consagrarse a Dios también corporalmente e hizo muy difícil su decisión por el matrimonio. Entró en esa senda porque como protestante no vio ninguna otra alternativa. Amó profundamente a su primer esposo. Y cuidó del segundo durante toda la vida, tan fiel y maternalmente como solo ella era capaz, incluso en las dificultades del tiempo de guerra y posguerra.

A pesar de todos los problemas, era muy alegre en su vida, y también una persona increíblemente bondadosa, lo que demostró con toda claridad en los duros sufrimientos sobrenaturales de la cruz durante sus años católicos. Primero, eligió la profesión de médica porque no vio un modo mejor de servir a Dios en el prójimo, pero, luego, siendo católica y sin abandonar su profesión, recibió un modo nuevo y mucho más doloroso de servir: oscuridad interior, estado de abandono de Dios, durante días y semanas, para quitarles a los pecadores sus fardos y sus resistencias. Pero todo esto ha de leerse en sus propias descripciones. En los últimos años, después de 1950, la enfermedad tuvo tal preponderancia que finalmente debió abandonar su profesión de médica. Al final encegueció casi por completo y con gran esfuerzo solo podía tejer un poquito. Había pedido una muerte difícil, y la recibió. Luego de una agonía que se extendió durante meses, desapareció el 17 de septiembre de 1967, dejando tras de sí una obra de alrededor de 60 volúmenes, dictada a su padre confesor entre aproximadamente 1941 y 1955.

Digno de ser notado es que ella ha realizado esa obra sin haber estudiado teología. Leyó muy poca literatura teológica; con mucho entusiasmo leyó las cartas de Ignacio de Loyola, con gozo a Teresita, también algo de Newman. Participó en los retiros espirituales dados por su padre confesor y a menudo escuchó sus homilías, pero casi nunca entró en disputas sobre cuestiones de fe. Rezó muchísimo, y lo que experimentó sobre la fe, le fue inspirado de arriba y desde dentro. Al principio tuvo que esforzarse un poco para encontrar la palabra justa, pero muy pronto aprendió a dictar tan clara y decididamente que lo conservado estenográficamente podía ser dado a la imprenta casi sin cambios. Sus expresiones eran tales, que a menudo no coincidían con el parecer habitual de su padre confesor, y éste las encontraba justas sólo después de reflexionar por sí mismo. En muchos puntos ella ha abierto aspectos totalmente nuevos en la sabiduría de la fe, sin jamás contradecir a la tradición católica, aspectos que en un primer momento pueden causar asombro a los teólogos, hasta que se demuestra la conveniencia de sus expresiones.

Sus obras poseen un grado diverso de dificultad. Existen las que son fáciles, accesibles sin más a cualquier cristiano interesado por su fe; por el contrario, existen otras en las que su teología adquiere un tecnicismo tal que incluso un teólogo de profesión ha de concentrarse seriamente para comprenderlas. Pero, en general, cualquier hombre medianamente culto puede seguir el curso de sus pensamientos. En el desarrollo de este simposio se hará evidente que todo su pensar proviene de su oración y en ella se mueve permanentemente. Por tanto, exige una lectura contemplativa y acompasada. Sería insensato querer abrirse paso velozmente a través de un libro de Adrienne, de ese modo se pasaría por alto lo decisivo. Sus buenos lectores se contentan con pocas páginas, incluso con pocas frases, porque el contenido es tan denso que exige un permanecer perseverante.

El contenido, que Dios quería mostrarle y que ella quería transmitir a la Iglesia de un modo tan claro como era posible, tenía para Adrienne una importancia tan grande, que los 'estados' a los que fue arrebatada le eran casi indiferentes. Una de sus enseñanzas principales, en lo que respecta al conocimiento sobrenatural, es que no existe ningún 'grado de perfección' definitivo y determinable de una vez para siempre. 'Dios me transfiere al estado que le parece más adecuado para lograr la transmisión correcta: fe sencilla, inspiración, éxtasis, descenso o lo que sea; no tiene interés alguno. Quien es transportado a un (presunto) estado 'sublime', no tiene el menor derecho a volver a exigirlo. Nadie que haya tenido una vez una visión, tiene el derecho a una siguiente'. La fe sencilla, dijo una vez, 'no es una visión disminuida'. Muchos santos que han tenido visiones las han recibido de un modo imperfecto, y otros cristianos, que han vivido una fe viva y pura, pueden haber sido más perfectos. De ese modo, Adrienne ha renovado fundamentalmente toda la teoría de la mística. Pues se mantiene en la mística de las Sagradas Escrituras: desde la visión del Monte Horeb hasta la de Isaías y Ezequiel, hasta el estado de abandono de Dios de Job, hasta la fe perfecta de María, hasta la visión de los Apóstoles, la de Pablo, hasta la del Apocalipsis. Este es el canon, todo lo contrario de las teorías de los padres de la Iglesia, del medioevo y de la modernidad, que casi siempre están bajo la influencia de Filón y de los neoplatónicos.

Se le permitió -y éste fue uno de sus carismas más extraordinarios- echar una mirada en la oración y la disponibilidad de muchos santos u hombres considerados tales; las ponencias que siguen hablarán del tema. Que eso haya sido posible muestra, indirectamente, que su propia disponibilidad, su fiat, se encontraba cerca del de María. Para recibir grabadas esas muy diversas imágenes de relaciones con Dios, su alma misma debía ser semejante a una placa fotográfica vacía, virgen, disponible para todo y para cada impresión que Dios quisiera mostrarle (y por medio de ella a nosotros.)

Dios la introdujo en un misterio último, casi indecible, el del Sábado Santo, por medio del cual ella proyecta una luz nueva y clara sobre un mysterium que había quedado en una semioscuridad en la larga tradición eclesial. Y simultáneamente renovó aspectos esenciales de la escatología tradicional.

Un libro aparentemente tan sencillo como Ancilla Domini tiene capítulos insondablemente profundos -por ejemplo, los que tratan la relación de María con José o con Juan-, en los que la teología del matrimonio cristiano y la de la virginidad son presentadas en una luz totalmente nueva. También esto nos va a ser mostrado.

Cuanto más penetramos en la obra de Adrienne, tanto más amplio deviene el horizonte, tanto más interesante se hace la lectura para los interesados en la verdad cristiana. Y tanto más se ve o se presiente, con qué sufrimiento fueron compradas sus intuiciones.

Sobre la tierra su destino fue la oración y el sufrimiento escondidos; pero si ambos se transfiguran en el cielo surge una gran luz, ante la que no cesamos de maravillarnos por su incontenible expansión por países y continentes. Adrienne no tenía ningún interés en ser canonizada. 'Usted, ¿me quiere tomar por una santa?', podía preguntarle a su padre confesor con toda seriedad. Y con humor le decía a los miembros de la comunidad fundada por ella: 'Lo peor que me podría pasar después de mi muerte, sería ser transformada en una estatua de yeso'. Ella quería ser viva en la Iglesia."

Hans Urs von Balthasar, en la Introducción a Adrienne von Speyr y su misión eclesial, Johannes Verlag Einsiedeln, 1986, pp. 13-16.

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Florilegio de textos de Adrienne

Sobre la misión

"En una misión eclesial de la verdad, alguien puede recibir la tarea de iluminar de un modo nuevo un aspecto de la doctrina. Le es confiada una piedra preciosa, con la que ni la Iglesia ni él saben de momento hacer nada correcto; el engaste que conviene a esa piedra, será dado más tarde. Así, la verdad que él representa parece provisional, verdadera de un modo muy condicional. Él se halla en gran peligro de adaptar la 'nueva verdad' a algo ya existente, de limar sus cantos, de forzarla dentro de un formato ya existente o de proseguirla con medios inadecuados. Sólo escapa a ese peligro si él permanece por completo en la fe y camina a partir de la fe. De tanto en tanto Dios le regala a su Iglesia tales nuevas vistas, que son como un golpe de vista hacia Él, como una visión incoativa, cuya interpretación aún puede aguardar y no puede anticiparse nada.

Su sentido se mostrará en el momento oportuno. Quizá toda la visión solo tiene un sentido parcial, que más tarde será complementado. En la verdad eclesial y en la visión mística no existe autorización para anticipar nada. Esto no significa, naturalmente, que la 'nueva verdad', que es mostrada o se abre a alguien, no deba ser ajustada a la verdad heredada, a la tradición y a la dogmática... Dios quiere que su verdad eterna se ofrezca a la Iglesia siempre en colores nuevos, en un dinamismo que no solo no se deja envejecer, sino que devela siempre nuevos lados aún poco contemplados, inesperados, de la única y eterna verdad. Para ello necesita en su Iglesia hombres que caminen en la verdad, a los que pueda confiarles la misión de la verdad viva, móvil. Si todos los cristianos estuviesen convencidos de que en la verdad de Dios nada nuevo puede ser descubierto, entonces no existiría más el caminar en la verdad."

Adrienne von Speyr, Comentario a 3 Juan 3, en Las cartas católicas II, Johannes Verlag Einsiedeln, pp. 298-299.

Sobre María

"Como una gavilla está recogida en su centro y se expande en sus extremos, así la vida de María se concentra en su sí. A partir de él, su vida recibe su sentido y su forma, se despliega hacia adelante y hacia atrás. Este sí que todo lo compendia de un modo único la acompaña en cada instante de su existencia, ilumina cada vuelta de su vida, otorga su sentido determinado a cada situación y a ella misma le regala siempre de nuevo y en toda situación la gracia de la comprensión. Su sí llena de sentido todo respiro, todo movimiento, toda oración de la Madre del Señor. Pues el sentido de un sí es atar a quien lo pronuncia y a la vez dejarle plena libertad en la configuración. Él llena su sí con su personalidad, le da su peso específico y su color único, pero él mismo es formado, liberado y realizado por su sí. Toda libertad se desarrolla por la entrega y por la renuncia a la libertad sin ataduras. Y de la libertad que se ata proviene toda clase de fecundidad."

Adrienne von Speyr, Ancilla Domini - María en la redención, Ediciones San Juan, p.9.

"Todo esto está presente en el "ecce ancilla": servicio como decisión, como prestación, de la Madre al Hijo, que a su vez se ha decidido por el servicio al Padre; es un movimiento que permanece eternamente vivo. Del sí ofrecido al inicio surge toda prestación posterior, el sí dicho una vez es garantía del continuo permanecer vital de la palabra en la Madre. Y siempre se encuentran lo más cotidiano y lo más extravagante exactamente en el mismo nivel, porque toda separación ha sido abolida. No tiene sentido buscar la mínima división, pues la Madre es, íntegramente y hasta el fondo, sierva. Todo en ella es el esfuerzo por corresponder a las expectativas del divino Señor. En todo gesto exigido en obediencia puede radicar tanto lo más sublime como lo más humilde, sin que la sierva siquiera lo note. Es su genialidad haberse caracterizado a sí misma como sierva, y no como madre o esposa o compañera o hija... y con ello incluye cualquier servicio que pueda ser justo y recto a los ojos de Dios. De ella, Él puede formar lo que le plazca."

Adrienne von Speyr, Ancilla Domini - María en la redención, Ediciones San Juan, pp. 208-209

Sobre Dios y la Creación

"Las olas vienen y van, nadie las puede atrapar, nunca se pueden calcular de antemano. Si se intenta seguir la vuelta de las que se están acercando, entonces el ojo rápidamente falla y debe renunciar. El mar es una imagen de lo infinito, de lo eterno; las olas, del instante que viene y pasa, y sin embargo siempre está ahí y exige algo. La misión viene del Dios infinito, cargada de eternidad, y se rompe en decisiones y respuestas rápidas e inmediatas. En la playa se tiene la impresión de ser aferrado por un acontecimiento eterno. Y si nos golpea la angustia de haber desatendido una ola, una decisión que está llegando, enseguida nos volvemos a serenar, pues siempre vienen nuevas olas y son exigidas nuevas decisiones, tan rápido que la nueva ola ya está aquí, antes de que la última se explaye sobre la arena y se reduzca. La pequeña ola se asemeja a la acción; y el mar inmenso, a la contemplación. Ambos son una unidad, y ésta es en Dios, pero le es mostrada al hombre siempre de nuevo en las olas. Él debe actuar, pero no puede hacerlo más que a partir de la contemplación, no puede tomar sus pequeñas decisiones más que en el interior de la gran decisión de Dios, y esto le da un sentimiento de protección, de resguardo, de escondimiento: la ola, que en el reflujo está protegida nuevamente en el mar, agua en el agua, sin que ella deba conservar su figura personal. Así son las diversas acciones de los que pertenecen a Dios, protegidos en su actuar omnicomprensivo, allí tienen su firmeza y su permanencia. Siempre de nuevo recomienza el movimiento: cada ola contiene sus perfiles propios, y cada una los vuelve a perder y se vuelve a perder en el todo. Ella permanece presente en la omnipresencia, contenida en la libertad suprema de las aguas, allí está en su casa, de donde salió, de donde fue enviada.

Algo semejante ocurre en la oración. Por un instante tiene rostro y forma, es adoración o ruego. Pero, no importa lo que pudo haber sido, ella regresa al todo. El individuo reza únicamente porque una multitud reza, rezará o ha rezado, porque Dios no se cansa de prodigar fuerzas de oración, de llenar de contenido las oraciones de los hombres, de escuchar lo más mínimo, si solo procede de una fe auténtica, y hacer uso de ello en su eternidad. Él lo asume con gusto junto a sí, como si esa pequeña contribución hiciera plena la suma que Él ha esperado. Se podría imaginar que el mar solo está completo si también esta ola regresa a él. De algún modo él se la ha prestado a la arena, pero la pertenencia permanece en el origen. Así, la contemplación del mar se transforma en un estímulo para la oración, y para la gratitud. Es bueno saberse protegido, a sí mismo y a su oración; es bueno, para saber de la unidad infinita y para experimentar siempre de nuevo a través de todas las cosas el Amor de Dios, y a Él poder regresar".

Adrienne von Speyr, Tierra y cielo III, Johannes Verlag Einsiedeln 1976, pp. 217-218

Sobre la Esperanza

"El amor todo lo espera. En la fe del amor hay espacio para toda esperanza. El amor de Dios participa desde el tiempo originario en el devenir de su voluntad, en el crecimiento y en la realización de sus intenciones. El amor en Dios ha experimentado desde la creación del mundo el pecado y el alejamiento del hombre. Ha visto también cómo se sucedían todas las promesas del Antiguo Testamento, y cómo Dios dio a los hombres una confianza nueva y alimentó su esperanza a través de la necesidad y de las pruebas, esperanza que nunca se marchó vacía, si no que encontró en la encarnación redentora del Hijo su plenitud perfecta. El amor también experimentó en Dios que el pecado fue vencido y superado por la muerte del Hijo, y es como si esa experiencia y toda experiencia de un cumplimiento por Dios le hubiera regalado al amor la infinitud de la acción. El amor conserva la esperanza aun frente a cualquier hecho consumado, frente a todo pecado, frente a todo alejamiento alienante. Una esperanza, que es mucho mas viva, más grande y más verdadera que todo lo que los hombres pueden inventar para destruirla"

Adrienne von Speyr, Primera carta a los Corintios, Johannes Verlag Einsiedeln, p. 411-412.

"El Espíritu lleva al Padre todo lo que es del Hijo, lleva la voluntad de sufrimiento del Hijo al Padre; sí, el Espíritu viene desde el Hijo, que lo ha espirado en la cruz, de regreso al Padre con todo el sufrimiento del Hijo. Y el Padre recibe ese sufrimiento y contempla la riqueza allí atesoradas, y el Espíritu une el Espíritu de sufrimiento del Hijo con la luz del Padre, para dejar que resplandezca la esperanza del Padre en el mundo, en la Iglesia, en la Madre. Padre, Hijo y Espíritu son uno. La soledad y el abandono del Hijo no los ha separado, sino que aun en el sufrimiento eran uno como amor que se prodiga a sí mismo."

Adrienne von Speyr, La Palabra y la Mística. Mística subjetiva, Johannes Verlag Einsiedeln, p. 260.